1. Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón. La frase logízetai to kakón significa «toma en cuenta el mal», «lo lleva anotado», es decir, es rencoroso. Lo contrario es el perdón, un perdón que se fundamenta en una actitud positiva, que intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona, como Jesús cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc23, 34). Pero la tendencia suele ser la de buscar más y más culpas, la de imaginar más y más maldad, la de suponer todo tipo de malas intenciones, y así el rencor va creciendo y se arraiga. De ese modo, cualquier error o caída del cónyuge puede dañar el vínculo amoroso y la estabilidad familiar. El problema es que a veces se le da a todo la misma gravedad, con el riesgo de volverse crueles ante cualquier error ajeno. La justa reivindicación de los propios derechos, se convierte en una persistente y constante sed de venganza más que en una sana defensa de la propia dignidad.
  2. Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil. La verdad es que «la comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar.
  3. Hoy sabemos que para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mirada crítica de las personas que amamos, nos han llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos. Eso hace que terminemos guardándonos de los otros, escapando del afecto, llenándonos de temores en las relaciones interpersonales. Entonces, poder culpar a otros se convierte en un falso alivio. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones, e incluso perdonarse, para poder tener esa misma actitud con los demás.
  4. Pero esto supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente y no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. De otro modo, nuestra vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo.

La Encíclica nos sitúa el tema del perdón en estos números y parte de la vida en pareja pero evidentemente se puede trasladar a cualquier persona en las diversas circunstancias y etapas de la vida.  Es una llamada de atención a no dejar que los sentimientos de odio o venganza  aniden por demasiado tiempo en nuestro corazón,  de manera que al no saber -o no poder- gestionarlos bien,  se traduzcan en actitudes violentas.

Es cierto que perdonar no es fácil;  es un don en exceso y por las solas fuerzas humanas no es posible;  se necesita pedir a Dios como gracia y pedir ayuda a otras personas que sean intermediarias para saber leer desde el fondo cómo nos sentimos,  tanto si tenemos que pedir perdón como ofrecerlo a quien nos ha ofendido y nos lo pide. Pero la primera e ineludible responsabilidad es de la propia persona.

Muchas veces nos cuesta más perdonarnos a nosotros mismos que a los demás;  tenemos en ocasiones una visión y autoexigencia de perfeccionismo que no nos permite vernos débiles o vulnerables.  Y nos cuesta la dosis de humildad necesaria para aceptar nuestros límites,  para reconciliarnos con nuestro yo herido o minusvalorado.

Es como si pusiéramos demasiado empeño en la mirada que los demás tienen sobre nuestra propia persona y deseáramos tener el beneplácito de quienes nos rodean sobre nuestro actuar y por ahí se nos pueden colar sentimientos de rechazo hacia los demás pero también a nosotras mismas y no nos aceptamos plenamente como somos,  sino como quisiéramos ser para inútilmente “contentar” a los demás.  Y podemos perdernos y enredarnos.

Respecto de los demás,  existen sobre este tema,  ciertos “titulares” que no siempre ayudan. Perdonar es olvidar. Ciertamente para poder perdonar hay que recordar porque perdonar supone integrar, no dejar nada fuera y si lo he olvidado no puedo actuar sobre ello. Para el proceso del perdón es necesario recordar.

Otro es:  la negación,  No pasó nada;  pero esto es una bomba de tiempo porque si se niegan las ofensas  o se disimulan, no es posible perdonar de verdad.  Es necesario tener frescas en la memoria las acciones recibidas para poder iniciar un camino donde los sentimientos se vayan encauzando de manera sana.

El perdón corresponde a Dios. Si dejamos a Dios totalmente el acto de perdonar,  nos eximimos de la responsabilidad que nos toca y del compromiso exigido para la transformación de sentimientos y actitudes. Es cierto que el evangelio es la referencia para el perdón pero no se puede usar para omitir la responsabilidad personal.

Tanto en el ámbito familiar, comunitario,  de grupo, de amistad,  de trabajo,  eclesial,  socio-político … como en cualquier situación humana,  el acto de perdonar a mí y a otra persona,  es siempre un proceso no demasiado rápido,  más bien lento,  un camino a recorrer con paciencia,  con constancia sin dejar que las cosas cristalicen porque después es muy difícil volver sobre ellas.

Requiere no poca grandeza de ánimo para dar los pasos necesarios,  vencer el orgullo y la soberbia que muchas veces nos anclan en posiciones rígidas de las que no queremos movernos y nos impiden salir al encuentro de la otra persona.

Pero también sabemos que el perdón nos libera,  nos da alas,  nos quita pesos que nos impiden caminar,  nos devuelve a nuestro ser mejoradas,  y nos impulsa a emprender diversas etapas con el corazón renovado y más dispuesto para ofrecer y recibir amor de manera gratuita, lo que más nos asemeja al Dios perdonador.

María Luisa Berzosa fi

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