La inauguración de los Juegos olímpicos ha sido una ceremonia llena de color y de ausencia de voces, aplausos y expresión de emoción del público. Un atleta corría sobre una cinta elástica. Una ciclista pedaleaba sobre una bicicleta estática. Una remera fingía dar paladas al agua. Todas en solitario, distanciadas, ensimismadas en su esfuerzo, unidas por el hilo invisible de la tecnología. Son los Juegos de la enfermedad, las mascarillas y el aislamiento retrasados durante un año. 

Danzas elegantes y tradicionales, de colorismo oriental, pero a la vez sombrías, enmarcaron el tono compungido del mensaje inicial de un espectáculo contenido, que buscó la empatía con el mundo y de alguna forma pidió cierta reciprocidad. Hubo incluso un minuto de silencio por las víctimas del covid. Fue un espectáculo emotivo por lo que se sabía más que por lo que se transmitió.  Sensación extraña, marca de estos Juegos convertidos en una lucha agotadora contra la adversidad. 

Los drones sobre el estadio han hecho visible al mundo que tanto está sufriendo, un mundo recreado con la tecnología manejada al milímetro que nos ha hecho vibrar y maravillarnos de la capacidad de la creatividad y potencial humano. 

Ahora es el tiempo de los deportistas, de la superación contra sí mismos. Es el tiempo de vivir los valores del olimpismo que son de cada día y que se expresan de manera multicolor, multiracial y multideportiva en esta cita que nos hará emocionarnos con el esfuerzo de estos hombres y mujeres que emularán a los antiguos griegos en esta fiesta del deporte. 

 

 

 

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