El 2 de abril de 1869, Juana Josefa Cipitria y Barriola, nuestra madre Cándida, vivió una experiencia de Dios significativa. Y, como en todas ellas, el miedo, la incertidumbre y el temor se desvanecieron en la seguridad de que Dios no abandona nunca la obra de sus manos. El miedo se le transformó en determinación, la incertidumbre en certeza y el temor en valor necesario para comprometerse en la transformación del mundo a través de la educación.

Este 2 de abril de 2020 también encierra un mensaje de confianza para cada uno de nosotros: Dios es el Padre que de todos cuida en nuestra fragilidad. La vulnerabilidad que todos experimentamos en esta pandemia nos iguala y reconecta con lo más real de nuestra humanidad, con nuestra esencia. Es momento de sentirnos familia, de dejar que emerja la compasión solidaria, de buscar en nuestro corazón las reservas de solidaridad, de caridad y de  amor por quien sufre. Estas son las que nos movilizan y nos hacen salir de nuestra pequeña burbuja.

Vivimos un tiempo de confinamiento propicio para el silencio que posibilita el encuentro con nosotros mismos, con el que sufre, con el que se implica, con el que está extenuado en el hospital y, en todos ellos, encontrarnos con este Dios implicado con nuestra historia, la de la pandemia amenazante. En el silencio del corazón lo descubrimos en los gestos de consolación, en las miradas perdidas, en los rostros entristecidos, en el llanto callado, en la impotencia…

Esta realidad nos devuelve al anhelo de Dios revelado en Jesús, quien, en los encuentros cotidianos, se deja afectar por las víctimas de su tiempo. A las víctimas de hoy son a las que debemos volver a mirar, reconocer, acoger e incluir para recuperar nuestra esencia humana. En esa esencia humana Juan Josefa se reconoció y en ella descubrió la esencia divina en una de las víctimas de su tiempo, la mujer carente de educación.

Mª Rosa Espinosa, FI
Superiora Provincial de España-Italia
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