Los faros sirven de noche, iluminan la noche. Pocas imágenes tan sugerentes como ésta. Ser faro en la noche, en la oscuridad. Noches oscuras, noches oscuras del alma. ¡Cuántas habremos pasado y cuántas nos quedan por pasar! Enfermedades, propias y ajenas, muertes, físicas o psicológicas, dolor causado por separaciones, conflictos no resueltos, heridas sin cicatrizar, mujeres violentadas y maltratadas, migrantes sin derechos a quienes algunos llaman ilegales. 

Pero también ¡cuántos faros encendidos nos han conducido a buen puerto! Hemos sido nosotras quienes hemos tenido que luchar contra las olas, pero... ¡qué suerte tener una luz que nos guiaba...!

¿Dejó a Dios ser faro?

¿Qué otras personas son faro para mí, me iluminan, me ayudan a caminar?

¿Y yo? ¿Soy faro? ¿Cuándo?

¿Qué grietas mías dejan pasar la luz?

Juana Josefa fue faro, fue luz, fue guía para mucha gente; y lo sigue siendo, aunque ella, que es luz, no es la Luz. Porque la luz es Otra. La luz es Dios. Sola nada, pero con Dios todo lo puedo. Ella es luz, pero no deslumbra; ella se deja iluminar por la Luz y la trasluce, la refleja, deja que pase a través de ella.

Ella tuvo una luz aquel 2 de abril. Sintió por dentro una gran convicción, vio claro lo que Dios le pedía y esa convicción iluminó su mundo. Pero la pudo tener porque era una buscadora que desde los 18 dejó su tierra buscando un horizonte. Y tras 6 años de búsqueda constante, tratando de mirar la realidad desde el Evangelio y desde Dios, vio la luz. Lo tuvo claro.

Seamos faro, no que deslumbre, sino que ilumine, y que ilumine porque tomamos la luz de Otro y nos sobrecogemos, porque de vez en cuando rayo de su luz. «Bienaventurados los fracturados porque a través de ellos pasa la luz».

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