Aquel 2 de abril de 1869, Juana Josefa Cipitria y Barriola experimenta que sola nada, pero con Dios lo puede todo. Posiblemente lo experimenta así, porque así había sido a lo largo de toda su vida. Y es que la mayoría de las grandes experiencias místicas encuentran a los santos “entrenados”. Es cierto que Dios se manifiesta como quiere y cuando quiere, pero también es cierto que una experiencia de Dios profunda, transformadora y duradera se suele dar cuando la persona se pone a tiro y frecuenta su compañía. Esa experiencia la fue tranformando en faro.

Juana Josefa fue faro, fue luz, fue guía para mucha gente; y lo sigue siendo, aunque ella, que es luz, no es LA LUZ. Porque la luz es Otra. La luz es Dios. Sola nada, pero con Dios todo lo puedo. Ella es luz, pero no deslumbra; ella se deja iluminar por la Luz y la trasluce, la refleja, deja que pase a través de ella. Ella tuvo una luz aquel 2 de abril. Sintió por dentro una gran convicción, vio claro lo que Dios le pedía y esa convicción iluminó su mundo. Pero, la pudo tener, porque era una buscadora que desde los 18 dejó su tierra buscando un horizonte. Y, tras 6 años de búsqueda constante, tratando de mirar la realidad desde el evangelio y desde Dios, vio la luz. Lo tuvo claro.

Seamos faro, no que deslumbre, sino que ilumine, y que ilumine porque tomamos la luz de Otro y nos sobrecogemos, porque, de vez en cuando, mostramos a través de una de nuestras grietas, un rayo de su luz. “Bienaventurados los fracturados porque a través de ellos pasa la luz”…

(Beatriz Neff, Recuerdo de una inspiración)

«Aquel 2 de abril de 1869, rezaba y esperaba ante el altar de la Sagrada Familia y, de pronto, como si una luz radiante se me hubiera encendido en mi corazón, lo entendí. Debía fundar una Congregación con el título Hijas de Jesús, dedicada a la salvación de las almas, por medio de la educación e instrucción de la niñez y juventud.

No llegaba a comprender cómo sería aquello posible, pero como un eco persistente, sentía que la Virgen me lo repetía una y otra vez.

A la mañana siguiente, cuando entré en San Felipe de la Penitencia encontré al padre Herranz celebrando la Eucaristía. Me pareció verlo llorar. En la consagración él había escuchado… Esta es la elegida por mí para ser fundadora.

Dios escogió y se sirvió de dos instrumentos, del Padre Herranz y de mí misma, para llevar adelante una obra, que iba a ser, ante todo, suya.

Yo, sencilla mujer, sin recursos ni cultura, deseaba ser sólo para Dios.  Él, hombre de profunda fe, esperaba la persona adecuada para realizar el proyecto que Dios le inspiraba en su corazón y necesitaba, en ese momento, la sociedad.»

(Tomado del vídeo del Camino de la Madre Cándida, Altar de la Sagrada Familia-Rosarillo-)